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Texto: Jordi Paniagua
Ilustración: Carlos Sánchez Aranda
¿Debería
restringirse masivamente el tránsito de mercancías, personas y capital?
¿Estamos dando el primer paso hacia el ocaso de una forma de
globalización exagerada e insostenible? Estas son las preguntas que
muchos economistas internacionales nos estamos haciendo ahora mismo,
verbalizadas por el economista Joachim Voth aquí.
La respuesta no es fácil, hay un intenso debate en la profesión sobre
el efecto del Coronavirus en el comercio y viceversa, así como el rol y
el futuro de la globalización ante pandemias globales. Veamos lo que
sabemos y, sobre todo, lo que nos falta por saber.
Leyendo
a Tintín, muchos de nosotros aprendimos que la propagación de
enfermedades contagiosas ha seguido las rutas comerciales. Entre
viñetas, descubrimos que la cuarentena no es un cumpleaños y mucho menos
una fiesta. Nos lo explicó el capitán Haddock: “Cuarentena significa
mantenerse aislado durante cierto tiempo, para evitar el contagio”.
Tintín encierra un mundo en sí mismo y Hergé nos llevó a vivir aventuras
imposibles en lugares remotos y con multitud de personajes variopintos.
Entre ellos yo destacaría hoy al doctor Simón, un médico del
laboratorio de la policía, cuya incapacidad para descubrir el antídoto
contra el letargo inducido por las bolas de cristal, la interpretan los
tintinólogos como un signo de torpeza profesional (aquí y aquí).

Volviendo al tema que nos ocupa, los patrones espaciales y
sectoriales de propagación de las enfermedades infecciosas son similares
a los del comercio. Durante la primera gran epidemia que asoló Europa
(1346-51), fueron precisamente los mercaderes los principales portadores
y transmisores de la peste negra. La peste siguió las rutas comerciales
de la época, como nos muestran los historiadores económicos (aquí y aquí) y nos confirma este reciente estudio que rastrea el ADN antiguo del comercio en pieles durante el siglo XIV.
El último brote de peste bubónica se introdujo España a bordo de un
navío procedente de Argel atracado en el puerto de Valencia en el verano
de 1647. Las autoridades tardaron en reaccionar e intentaron ocultar la
naturaleza de las muertes que asolaban la ciudad. Las crónicas locales
relatan que la peste había sumido la ciudad en el caos a finales del
1648 y se esparció por la península siguiendo las rutas comerciales del
corredor mediterráneo (ver figura y link y link).
Casi un siglo más tarde, el Gran San Antonio, navío cargado
con telas para una feria textil en Marsella, fue el origen del último
episodio de peste en Europa en la primavera del 1720, cuando se le
permitió desembarcar en contra del protocolo establecido entonces.
Afortunadamente, las autoridades francesas habían aprendido la lección,
el Consejo de Estado unificó todas las regulaciones locales y se levantó
el Mur de la Peste, confinando a toda la población de la
Provenza hasta que se erradicó la enfermedad, y con ella, un tercio de
la población de Marsella. (link).

Sabemos que las relaciones e infraestructuras de transporte y
comerciales son muy persistentes en el tiempo. Tanto que, utilizando los
brotes de peste negra como instrumento de identificación, Flückiger y
colaboradores aquí
encuentran evidencias que sugieren que las rutas y relaciones
comerciales del imperio romano persisten hasta nuestros días. Por tanto,
es de esperar que el patrón de contagio entre países siga las vías
comerciales. Por ejemplo, los primeros casos de Coronavirus en la
provincia de Alicante y Barcelona fueron trabajadores y empresarios del
calzado que acudieron a una feria en Milán (link y link).
Como hace siglos, algunos acusan al mensajero, se habla de “virus
chino” y se refuerzan las posturas de aquellos que miran con recelo la
migración, el comercio y la inversión extranjera. Existen pocas voces
disonantes dentro de la profesión económica sobre las bondades de la
integración económica. Por dos motivos: primero, disponemos de las
teorías y modelos más sólidos en economía (ventaja comparativa y modelos
de gravedad) avalados por una amplia evidencia empírica, y segundo,
para no dar pábulo a aquellos que propugnan una vuelta a las cavernas.
Incluso ahora, el debate acerca del rol de la globalización se encuentra
en cuarentena, en parte, para evitar que los más heterodoxos aprovechen
el estado de alarma para imponer una agenda sin el rigor científico
necesarios (p.e. proteccionistas, libertarios y econópatas
varios). No obstante, la mayoría de economistas (al menos los de
modelos y regresiones) siempre hemos sido conscientes que la
globalización viene acompañada de ciertos costes y fallos. Los más
críticos de entre nosotros argumentaban que rara vez se llega a
compensar a los “perdedores”, o al menos no lo suficiente.
Nota para economistas académicos: es plausible que estas razones
expliquen por qué la economía internacional aplicada es menos diversa en
modelos y métodos que otros campos de la economía. Primero, porque
funcionan bien. Segundo, porque no nos aventuramos hacia territorios
desconocidos. Fin de la nota.
Algunos economistas, como Dani Rodrik, ya han respondido sugiriendo una globalización más “delgada” (aquí).
No debería sorprender a nadie que haya seguido sus argumentos críticos
con el devenir de la globalización (resumidos en su último libro
“Staright talk on trade”). Su argumento central es que la globalización
ha ido demasiado lejos y de manera incontrolada, poniendo en riesgo el
bienestar económico y social. Parece relevante, por ejemplo, recuperar
el debate acerca del papel de los organismos supranacionales (como la
OMS), multilaterales (como la OMC) y los estados. Aunque el pasaje que
me resulta más interesante es su reflexión sobre que la democracia sin
respeto a la ley es la tiranía de la mayoría, però això avui no toca.
El presidente de la cámara de comercio de la EU en China ha sido más
tajante: "Se ha acabado la globalización consistente en localizar todo
donde la producción sea más eficiente" (link).
Se refería el Sr. Wuttke a la concentración geográfica de la producción
de ciertos medicamentos, que podría poner en riesgo el suministro
mundial. El último laboratorio que producía penicilina en EEUU cerró en
2004, quejándose de que no podía competir con las subvenciones del
gobierno chino a sus laboratorios. Hoy, el suministro de antibióticos
puede estar en jaque dado que la mayor parte de la producción proviene
de un clúster en la China interior, azotada por Coronavirus.
La seguridad en el suministro de alimentos también encuentra críticas
y preocupaciones similares. Países como Singapur, que importan la mayor
parte de los productos alimentarios, han virado su estrategia
comercial, incentivando la producción agrícola y el consumo local (aquí).
Otros, sin embargo, subrayan que precisamente son las barreras al comercio las que pueden agravar la crisis médica (aquí y aquí).
La extravagante política arancelaria de la administración Trump
gravando productos sanitarios chinos, no ha hecho más que agravar la
crisis de suministro de material sanitario. El 10 de marzo la
administración americana dejó sin efecto estos aranceles para hacer
frente a la pandemia. En España hemos visto recientemente como las
barreras no arancelarias (burocracia) han impedido la importación exprés
de mascarillas de China.
Sanidad y globalización han ido siempre de la mano, como pone de
manifiesto el ejemplo del jabón, que se inventó hace 5.000 años en
Egipto. Pero fue gracias a la revolución industrial y al comercio
internacional que se pudo producir y distribuir en masa, permitiendo la
erradicación de muchas enfermedades y partos más seguros. Hoy, muchos de
los servicios sanitarios los disfrutamos, en parte, gracias al comercio
de medicamentos y tecnología sanitaria. Pero también gracias a la
inmigración de profesionales sanitarios.
En términos más generales, la participación en redes comerciales o
cadenas de valor ha permitido un desarrollo económico y la creación (y
en menor medida también destrucción) de miles de puestos de trabajo en
muchos países, incluyendo España. Es difícil aventurar cuál será el
impacto, pero muchos de estos puestos de trabajo están en peligro (sin
que por eso reviertan a sus países de origen). Baldwin y Tomiura
interpretan aquí
que el Coronavirus podría tener un efecto aún mayor que la crisis
financiera en el comercio, por tres motivos: 1) afecta a la factoría del
mundo, 2) se contagia a las cadenas de valor, 3) e impacta en la
demanda. Además, la paralización de eslabones clave en la cadena de
valor globales, puede llevar a ralentizar o frenar la producción.
Por tanto, ¿debería restringirse masivamente el flujo de bienes,
personas y capital? Aumentar las barreras a la movilidad personal puede
resultar necesario para paliar las pandemias a corto plazo. Sin embargo,
tendría un coste demasiado elevado a largo plazo, incluso para combatir
pandemias futuras. Una alternativa más eficiente sería, por ejemplo,
intensificar el uso de tecnología que minimice aquellas actividades
comerciales que impliquen un contacto directo personal. Hay evidencias
que muestran como las impresoras 3-D o la robotización están ya
modificando la composición del comercio internacional (aquí y aquí).
¿Estamos ante el ocaso de la globalización? Como probablemente suceda
con muchos de nuestros hábitos y relaciones, no es descabellado pensar
que la peor versión del coronavirus cambie la manera de entender,
gestionar y estudiar la globalización y sus efectos. En definitiva, la
globalización refleja cómo se organiza la actividad económica
internacional, sujeta a las normas existentes. Si las interacciones
sociales y económicas cambian, es inevitable que veamos mutar la
globalización y que se tengan que adaptar normas a esta nueva realidad.
Puede representar una oportunidad para reforzar la versión de la
globalización que nos proporciona bienestar y salud, pero también para
abordar cuestiones que habíamos soslayado hasta ahora. Yo aún diría más, soslayos que habíamos cuestionado hasta ahora.