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11 mar 2023

Universidad pública y privada en España: ¿sustitutos o complementos?

 

Universidad pública y privada en España: ¿sustitutos o complementos? (Nadaesgratis)

admin 7 comentarios

Por Jordi Paniagua, Universidad de Notre Dame y Universidad de Valencia (excedencia)

En solo cuatro décadas, España ha duplicado el número de estudiantes matriculados en sus universidades. Uno de los factores que ha contribuido a este aumento es el incremento de la oferta de universidades privadas, que ha pasado de ser prácticamente inexistente a principios de los años noventa a representar actualmente más de una quinta parte del total de estudiantes universitarios (ver Figura 1).

En la actualidad, España cuenta con 50 universidades públicas y 41 universidades privadas. Casi la mitad de ellas, 26 en total, se han creado desde la fundación de la última universidad pública en Cartagena en 1998. No obstante, el porcentaje de estudiantes en universidades privadas en España sigue ligeramente por debajo de la media de la OECD (ver Figura 2). Países como Finlandia, Austria o Italia han experimentado un aumento similar en la tasa de matriculación en universidades privadas (salvando las diferencias en la clasificación en cada país).

Sin embargo, la autorización de nuevas universidades privadas suele generar el rechazo frontal de los rectores de las universidades públicas, como ha sucedido recientemente en Andalucía (ver aquí). Una preocupación latente es que las universidades privadas puedan restar estudiantes a las universidades públicas a costa de rebajar la calidad o el nivel de exigencia. No obstante, algunas universidad privadas parecen atraer también a los mejores estudiantes (por ejemplo en los grados de medicina), lo que ha generado cierta polémica en las redes sociales y otros medios (por ejemplo, este interesante post).

Figura 1: Matriculados totales por tipo de universidad y proporción de la universidad privada

Figura 2: Porcentaje de estudiantes en universidades privadas Educación Superior. Fuente: Education at glance 2022 (link)

El objetivo de mi entrada es analizar la matrícula en los grados de las universidades públicas y privadas en España. En concreto, llevaré a cabo un sencillo análisis descriptivo para arrojar luz sobre la relación de sustitución entre ambas modalidades en el sistema universitario español. Esta cuestión es relevante porque, si consideramos la tasa de crecimiento de la educación superior en España (ver Figura 3), la evidencia sugiere que todavía estamos lejos de acercarnos significativamente a la media de la OECD en términos de graduados universitarios per cápita. Actualmente, España se encuentra en mitad de la tabla con menos del 33% de la población en edad de estudiar cursando estudios universitarios de grado, master o doctorado. La media de la OECD y de la EU23 es del 40%. Esto debería dar lugar a un debate sobre la relación entre las universidades públicas y privadas y su papel en la mejora del sistema universitario español.

Figura 3: Porcentaje de personas de 25 a 34 años con un nivel de Educación Superior. Fuente: Education at glance 2020 (link)

Una gran parte del temor a la fuga de estudiantes proviene del supuesto de que existe un número fijo de estudiantes (y que optarían por la universidad pública si no existiera oferta privada). En este caso, estaríamos hablando de una sustitución perfecta, lo que significa que, por cada 100 nuevos estudiantes en una universidad privada, desaparecerían 100 estudiantes de la universidad pública. Sin embargo, cuando el número total de estudiantes no es fijo (algo conocido en la economía laboral como "lump of labor fallacy", que sugiere que el número de puestos de trabajo tampoco es fijo), las universidades podrían ser sustitutos imperfectos. Por ejemplo, si la universidad pública perdiera solo 25 estudiantes, entonces la universidad privada se convertiría en un contribuyente neto al sistema universitario al atraer a 75 nuevos estudiantes.

A continuación, presentaré algunos datos para comprender mejor la relación de sustituibilidad entre las universidades públicas y privadas. Me centraré en los estudiantes de grado durante el período 2016-2022 por varios motivos. En primer lugar, al aislar el efecto de la población, podemos entender mejor la dinámica entre ambos tipos de universidades. En segundo lugar, durante este período, la universidad privada experimentó el mayor crecimiento. En tercer lugar, las universidades que ofrecen títulos de grado oficiales están sujetas a regulaciones que les obligan a acreditarse mediante un proceso de verificación independiente debido a posibles fallos de mercado y problemas de información asimétrica. Por tanto, podemos suponer que mantienen una calidad mínima comparable, con todas las dificultades que los procesos de acreditación con recursos limitados implican.

Antes de empezar el análisis, conviene tomar perspectiva. La Figura 4 muestra que el número de graduados en las universidades españolas se ha mantenido constante desde 2016 en torno a 1,300,000 alumnos. Durante este período, se llegó a alcanzar aproximadamente los 200,000 (un 16%) matriculados en universidades privadas: un número relativamente pequeño. Sin embargo, estas cifras no nos permiten analizar la relación entre ambos tipos de universidades. Por lo tanto, a continuación, presento las tasas de crecimiento correspondientes al periodo más reciente (ver Figura 5).

Figura 4 Matriculados en grados oficiales por tipo de universidad y proporción de la universidad privada

Desde la culminación del proceso Bolonia con la desaparición de las licenciaturas y plena implantación de los grados universitarios en 2016, la tasa de crecimiento media anual del total de estudiantes se sitúa en torno al 0.52%. En términos totales, esto representa unos 63,000 estudiantes más en 2022 que siete años atrás (un 5% del total). La universidad pública, con una tasa de crecimiento media negativa de alrededor del -1.52%, ha perdido alrededor de 12,000 estudiantes durante este período (un 1% del total). Por otro lado, la universidad privada, con una tasa de crecimiento media del 12.7%, ha aumentado su matrícula en alrededor de 75,000 estudiantes desde 2016. Esto significa que la universidad privada ha sido un contribuyente neto al sistema universitario en España. Un cálculo aproximado sugiere que, por cada 100 estudiantes matriculados en la universidad privada, la universidad pública pierde 16 estudiantes. Esto implica que unos 84 estudiantes hubieran perdido la oportunidad de estudios superiores de no existir una oferta complementaria a la pública. Es importante tener presente que la universidad pública española establece cuotas fijas (numerus clausus) en sus estudios de grado más demandados.

Figura 5 Tasas de crecimiento de matriculados en grados oficiales por tipo de universidad y proporción de la universidad privada

Las cifras presentadas anteriormente no incluyen el aumento de estudiantes extranjeros, quienes representan un poco más del 6% del total de estudiantes. Sin embargo, este grupo es el que más ha crecido en los últimos años, con una tasa media del 27%, lo que equivale a unos 32,000 alumnos adicionales (ver Figura 6). La universidad privada es particularmente popular entre los estudiantes extranjeros, con una cuota de alrededor del 40% en el año 2022 y una tasa de crecimiento media del 60%. En cuanto a los estudiantes extranjeros, parece que tanto la universidad pública como la privada son opciones complementarias.

Figura 6 Tasas de crecimiento de extranjeros matriculados en grados oficiales por tipo de universidad y proporción de la universidad privada

Consecuentemente, la caída en la matriculación entre los estudiantes españoles es más pronunciada que la del total, y el aumento en la universidad privada es más moderado. Desde 2016, la universidad pública española ha perdido unos 26,000 alumnos de origen español, lo que representa una disminución del 2% del total de estudiantes españoles, mientras que la universidad privada ha aumentado en unos 57,000 estudiantes españoles, lo que equivale a un aumento del 4.5% del total de estudiantes españoles. Estos datos sugieren que la universidad privada ha permitido que unos 31,000 estudiantes españoles (2.5% del total) accedan a la formación superior. Por tanto, aunque la universidad privada y pública pueden parecer opciones contrapuestas, los datos no nos permiten descartar que sean sustitutos imperfectos e incluso pueden complementarse, como en el caso de los estudiantes extranjeros.

Una vez establecida la contribución neta de la universidad privada, reflexionemos sobre los factores que influyen en la complementariedad, más allá de mecanismos mecánicos como el crecimiento de la población, los estudiantes extranjeros o las tasas de matriculación (que como explica este artículo están positivamente correlacionadas con el esfuerzo del alumno). Para ello, es importante conocer mejor las diferencias entre las características de los estudiantes de grado de ambas universidades. Al examinar la distribución de áreas de estudio (ver Figura 7), encontramos que las ramas de ciencias de la salud y ciencias sociales tienen una mayor proporción de estudiantes en la universidad privada (probablemente debido al mayor retorno de la educación, como apunta la evidencia empírica en el caso de medicina, ver aquí), con una diferencia de casi 12 y 8 puntos porcentuales, respectivamente. En cuanto a las edades de los estudiantes (ver Figura 8), la universidad pública tiene un alumnado más joven que la privada. El porcentaje de alumnos mayores de 30 años en la privada (22%) es casi el doble que el de la pública (12%). Con respecto al género, las mujeres son mayoría en ambas universidades: 56% en la pública y 58% en la privada. No obstante, en la pública son amplia mayoría las mujeres de entre 18 y 21 años con un 33% frente al 26% en la privada. Es llamativa la baja tasa de matriculación de mujeres mayores de 30 años en la universidad pública (6%) en comparación con la privada (12%).

Figura 7: Matriculados por rama del grado

Figura 8: Matriculados por edad y género

Un test no paramétrico (Kolmogorov-Smirnov) nos permite afirmar con un nivel de confianza aceptable que existen diferencias estadísticamente significativas en la distribución de la matrícula por grados, rango de edad, y sexo por rango de edad entre universidades públicas y privadas. Estos resultados refuerzan la tesis de una complementariedad de grado y se suman a mi intuición personal desde ambos lados de la tarima (como estudiante primero y profesor después) en las aulas de ambos tipos de universidades. Esto me permite esbozar tres hipótesis plausibles, que son compatibles con las diferencias en la distribución de grados, edad y sexo respectivamente, para empezar a explicar los factores que han atraído a 31,000 nuevos estudiantes a la universidad privada.

La primera hipótesis es que las universidades privadas han ampliado las dos colas de la distribución de notas de acceso. Por un lado, la cola izquierda donde se encuentran estudiantes que, aunque marginalmente, no superaron la nota de corte para acceder a la educación universitaria pública. Por otro lado, la cola derecha, donde están aquellos estudiantes de medicina o biotecnología (ahora en la cola izquierda relativa) que tienen una nota de corte cercana al 14, pero insuficiente para estudios muy selectivos. Si estos estudiantes se matricularan en otro grado factible pero menos preferido, desplazarían a estudiantes con peores calificaciones. También están en la cola izquierda de estudiantes de ciencias sociales con notas de corte muy bajas, pero que aún son inalcanzables para algunos y solo pueden acceder a la universidad privada sin nota de corte.

La segunda hipótesis se centra en la oferta de grados nicho por parte de las universidades privadas, que permiten a los estudiantes encontrar programas específicos, a veces muy orientados al mercado, que no se ofrecen en las universidades públicas o que tienen una oferta muy limitada o inadecuada. En algunos casos, las universidades privadas han innovado con programas como multimedia y artes digitales (videojuegos), periodismo, veterinaria o ciencias gastronómicas, entre otros, que se ofrecen en pocas universidades públicas. Estos grados permiten a ciertos profesionales reciclarse, retomar los estudios o iniciar una segunda carrera.

La tercera hipótesis se debe en parte a que las universidades privadas ofrecen una mayor flexibilidad y diversidad docente para conciliar la vida laboral y familiar. Los estudiantes que superan los 30 años y buscan una formación más compatible con sus actividades laborales o familiares, pueden no encontrar en las universidades públicas, con un alumnado más joven, un horario de clases, unas metodologías docentes o compañeros de clase que se adapten a sus circunstancias.

España no puede permitirse aminorar el ritmo de crecimiento en la educación superior, pero tampoco comprometer la calidad ni la igualdad de oportunidades. El rápido crecimiento de la universidad privada en España nos brinda una oportunidad valiosa para aprender sobre cómo aumentar la tasa de participación en la educación superior y adaptarla a las necesidades cambiantes de los estudiantes y del mercado laboral. De confirmarse las hipótesis con un análisis empírico más detallado, se podrían extraer tres lecciones clave para atraer a más estudiantes a la universidad sin comprometer la calidad y la equidad: oferta, innovación y conciliación.

Agradezco los comentarios y sugerencias de Luis Puch, Antonio Delgado y José Ignacio Castillo.

20 jun 2020

Straight talk on (and like) Dani Rodrik

 https://nadaesgratis.es/admin/hablemos-claro-de-y-como-dani-rodrik

Text: Jordi Paniagua
Picture: Carlos Sánchez Aranda

Dani Rodrik points out in a brief autobiographical note that he has earned a heterodox title thanks to his application of the most orthodox methods in economics, which have led him to be one of the most respected economists by profession and recent Princess of Asturias award. Of Sephardic origin, he would have been Havard’s Professor Daniel Rodríguez in a kinder version of our history. But his family ended up in a more tolerant Constantinople than Erdogan's Turkey, as he remembers and denounces here o here. Rodrik speaks straight and called the events of 2014 a coup d'etat here.

To the purest spirit of Ortega-y-Gaset he has understood that the university's mission extends beyond the university halls and has jumped the classroom barrier in three directions. The first with a political commitment against the authoritarian drift of democracies and has promoted the Economics for Inclusive Prosperity network to promote inclusive growth policies.

The second is the dissemination of his research that has circled the political economy of globalization, studying aspects such as economic growth, international trade, and the role that democracy plays. He has the ability to make himself understood clearly in blogs, press, and especially in books that are pleasant to read as well as profound. His most recent book, which has the Wildian virtue of difficult translation into other languages, could be understood as let’s have an honest debate on trade, which summarizes his thinking about the economic profession, economic science, globalization, democracy. He cautions the reader of his previous books, Has Globalization Gone Too Far?, The Globalization ParadoxandEconomics Rules, that they will not learn much new. However, with Rodrik one always ends up learning something, since he has the virtue of speaking clearly.

In this last book, we are introduced to a Pirelli democracy. Democracy is nothing without control (that is, without respect for the law). It is another form of tyranny: that of the majority perverted by lexicon (“democracy”, “freedom”) and forms (voting and ballot boxes) that hide their authoritarian nature. Similarly, globalization is nothing without control. Ultimately, this is the central argument of his critique of globalization in his well-known globalization trilemma: that national sovereignty, globalization, and democracy are mutually exclusive. Two elements of the sovereignty-globalization-democracy triad can be pursued simultaneously, but always to the detriment of one of them. If a nation increases its national sovereignty, it has to choose between the advantages of trade or democracy. Rodrik argues that globalization has gone too far and has renounced democratic controls.

At this point, I must note my bias. Part of my doctoral thesis consisted of an attempt to find empirical evidence on Rodrik's trilemma. I exchanged correspondence with him and I have a photograph hanging with him in my personal “hall of fame" with Deaton or Phelps, so it may be difficult for me to be objective. However, unlike the impossible trinity of an open economy (the ability to achieve only two of the three political objectives: financial integration, exchange rate stability, and monetary autonomy), Rodrik's trilemma is as true as it is general (for example, what exactly does thin globalization really mean?). Empirical evidence has so far been elusive. Partly because it is difficult to identify the unique effects of globalization. According to Autor et al, many of the jobs that international trade has supposedly destroyed are early victims of technological progress (see here and here). Therefore, we can interpret it as a conceptual or discursive framework, but hardly as a structural economic model.

For one example, one of his most poignant criticisms about the misgovernment of globalization is the dispute resolution system through international arbitration tribunals here. Their main argument is that only foreign investors can use this dispute resolution mechanism. It is something that we know well in Spain, where we stake € 10 billion in arbitration awards and the loss may be greater if we take into account the effect on foreign investment as highlighted here. However, this is one of the main arguments that purple and green populisms use to oppose further economic integration, ignoring the advantages of this system for FDI or trade. It is one of the reasons, among others, why Rodrik warns in his latest paper that globalization feeds populism (in the style of Agent Orange by A. Rose).

At the risk of his ideas being kidnapped by populists, Rodrik has followed through with his criticism of globalization, but unlike the homeopathic economists who pick only his sweetest cherries, also highlighting its advantages. Rodrik is the most orthodox economist among heterodox economists; he bluntly defends income tax, pensions, bank deposit insurance, labor requirements for beneficiaries of social assistance, conditional transfers, independence a form the central bank, and trade in pollution quotas. He even assures, that the concept of the most favored nation, the flagship of globalization, is one of the best economic policies that have changed (for the better) the economic structure of countries. He exposes here and here that the marginal benefit of trade liberalization is lower than that of the international labor market and proposes a temporary migration regime between countries.

Since Ricardo, however, we know that the advantages of trade list a positive computation for the winners and a negative one for the losers. In net terms, the positive gains are so great that they could compensate the losers and all win. Rodrik makes the point that the losers are rarely compensated (for example, the sectors with the most import competition) and that economists have not had an honest debate about it. Fearing that complex reasoning is not understood or misinterpreted, he argues that populist sores arise from both biting the tongue on both sides of the Atlantic.

This undisguised criticism that Rodrik makes of fellow economists (pointing directly to his responsibility for Trump's coming to power) is the third barrier that Rodrik has broken: the epistemology of economic science and economists. Just a few days ago, in a series of tweets, he reflected on the profession of academic economics and its problems in including minorities. It describes three characteristics of the academic economy: class, hierarchical, and full of jerks, with a high tolerance for little respectful behaviors. Dani Rodrik confesses that at the beginning of his university career he hesitated between specializing in economics or sociology. When sociologists analyze our field, they tend to coincide with Rodrik's vision: according to this study, economics is the field that presents the highest index of persistence in the hierarchy and consensus on collective norms. This is partly explained by our particular editorial process (here and here).

In his book Economics Rules (another title with a double meaning that could be translated as the rules of economics but also as that economics is cool) summarize his vision of economic science and economists (read both the review in NeG and the book). He made me rediscover Borges and I usually start my classes with the 20 commandments (10 for economists and 10 for non-economists). He argues that economics is a particular form of social science and that precisely what makes it a science are its models. But he warns that the economy is more diverse than some would like and from what others grant. Let's have honest discussions: let's admit more diversity in our field, our colleagues, and our models and ideas. We could start by speaking straight, as Dani Rodrik does.

Hablemos claro de (y como) Dani Rodrik

 

Hablemos claro de (y como) Dani Rodrik (Blog Nada es Gratis)

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Texto: Jordi Paniagua
Ilustración: Carlos Sánchez Aranda

Dani Rodrik señala en un breve apunte autobiográfico que se ha ganado a pulso ser heterodoxo gracias a su aplicación de los métodos más ortodoxos en economía. Así ha conseguido, entre otros logros, ser uno de los economistas más respetados por la profesión y Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2020. De origen sefardí, hubiera sido el catedrático de Harvard Daniel Rodríguez en una versión más amable de nuestra historia. Sin embargo, su familia recaló en una Constantinopla más tolerante que la Turquía de Erdogan, como él mismo se ocupa de recordar y denunciar (aquí o aquí). Rodrik habla claro y calificó los eventos del 2014 como un golpe de Estado (aquí).

En el espíritu de la misión de la universidad Ortega-y-Gaset, entiende que su labor como profesor (en Harvard) se extiende más allá del aula y ha saltado la barrera de la academia en tres direcciones. En primer lugar, ha impulsado el compromiso político en contra de la deriva autoritaria de las democracias y ha creado la red Economics for Inclusive Prosperity para fomentar la participación de los economistas en la promoción de políticas de crecimiento inclusivas.

La segunda es la divulgación de su investigación, que ha circundado la economía política de la globalización estudiando aspectos como el crecimiento económico, el comercio internacional y el papel que juega la democracia en el crecimiento económico y en el diseño de las políticas económicas. Tiene la habilidad de hacerse entender con claridad en blogs, prensa y sobre todo en libros de lectura amena a la vez que profunda. Su libro más reciente, que tiene la peculiaridad de los Wildianos de ser de difícil traducción, se podría titular “hablemos claro o un debate honesto sobre el comercio” (Straight Talk On Trade). Se trata de un resumen de su pensamiento acerca de la profesión económica, la ciencia económica, la globalización y la democracia. Advierte al principio que quién haya leído sus libros anteriores (Has Globalization Gone Too Far?, The Globalization Paradox yEconomics Rules), no aprenderá nada nuevo. Sin embargo, con Rodrik siempre se acaba aprendiendo, ya que tiene la virtud de hablar claro.

En este último libro, nos presenta la democracia Pirelli. La democracia sin control (es decir sin respeto a la ley) no sirve de nada. Es otra forma de tiranía: la de la mayoría pervertida por un léxico (democracia, libertad) y unas formas (votaciones y urnas) que esconden su naturaleza autoritaria. De la misma manera, la globalización sin control tampoco sirve de nada. En el fondo, este es el argumento central de su crítica a la globalización en su conocido trilema de la globalización: que la soberanía nacional, la globalización y la democracia son mutuamente excluyentes.

Se pueden perseguir dos elementos de la tríada soberanía-globalización-democracia simultáneamente, pero siempre en detrimento del tercero. Si una nación incrementa su soberanía nacional, tiene que elegir entre las ventajas del comercio o la democracia. Argumenta Rodrik que la globalización ha ido demasiado lejos y ha superado los controles democráticos.

Llegados a este punto he de advertir mi sesgo. Parte de mi tesis doctoral consistió en un intento de encontrar evidencias empíricas sobre el trilema de Rodrik. Intercambié correspondencia con él y tengo colgada una fotografía con él en mi “hall of fame” personal junto a Deaton o Phelps, por lo que puede que me cueste ser objetivo. No obstante, a diferencia de la trinidad imposible de una economía abierta (la capacidad de lograr solo dos de los tres objetivos políticos: integración financiera, estabilidad cambiaria y autonomía monetaria), el trilema de Rodrik es tan cierto como general (por ejemplo, ¿qué significa exactamente esto de una globalización delgada?). La evidencia empírica ha sido esquiva hasta el momento, en parte debido a que es complicado identificar los efectos exclusivos de la globalización. Según el economista del MIT David Autor y coautores, muchos de los puestos de trabajo que supuestamente ha destruido el comercio internacional fueron en realidad víctimas tempranas del progreso tecnológico (ver aquí y aquí). Por tanto, lo podemos interpretar como un marco conceptual o discursivo, pero difícilmente como un modelo económico estructural.

Por poner un ejemplo, una de sus críticas más punzantes acerca del desgobierno de la globalización es el sistema de resolución de disputas mediante tribunales de arbitraje internacional (aquí). Su argumento principal es que tan solo los inversores extranjeros pueden recurrir a este mecanismo de resolución de disputas. Es algo que sabemos bien en España, donde nos jugamos 10.000 millones de euros en laudos arbitrales y la pérdida puede ser mayor si se tiene en cuenta el efecto sobre la inversión extranjera, como destacaba (aquí). Sin embargo, este es uno de los argumentos principales que utilizan los populismos morados y verdes para oponerse a una mayor integración económica, obviando las ventajas de este sistema para el comercio o la inversión.

A riesgo de que los populistas secuestren sus ideas, Rodrik ha seguido adelante con sus críticas a la globalización, pero a diferencia de los econópatas  y homeópatas intelectuales que le citan escogiendo tan solo las cerezas más dulces, también ha destacado sus ventajas. Rodrik es el economista más ortodoxo dentro de los economistas heterodoxos ya que defiende, entre otras cosas y sin ambages, el impuesto a la renta, las pensiones, el seguro de depósitos bancarios, los requisitos laborales para los beneficiarios de la asistencia social, las transferencias condicionadas, la independencia de los bancos centrales y el comercio de cuotas de contaminación. Incluso asegura (aquí) que el concepto de nación más favorecida, el buque insignia de la globalización, es una de las políticas económicas más eficaces para mejorar la estructura económica de los países. Defiende además que última frontera de la globalización es la migración. Expone (aquí y aquí) que el beneficio marginal de la liberalización comercial es menor que en el caso la del mercado de trabajo internacional y propone un régimen de migración temporal entre países.

Desde Ricardo, sabemos que las ventajas del comercio internacional escoden un cómputo positivo para los ganadores y negativo para los perdedores. En términos netos las ganancias positivas son tan grandes que podrían compensar a los perdedores y salir todos ganando. Argumenta Rodrik que raramente se compensa a los perdedores (por ejemplo, a los sectores con competencia de importaciones) y que los economistas no hemos tenido un debate honesto al respecto. Por miedo a que no se entienda o se malinterprete un razonamiento complejo, argumenta que de tanto morderse la lengua surgen llagas populistas a ambos lados del Atlántico.

Esta crítica nada velada que hace Rodrik a colegas de profesión (apuntando directamente su responsabilidad en la llegada de Trump al poder) es la tercera barrera que ha roto Rodrik: la epistemología de la ciencia económica y de los economistas. Hace apenas unos días en una serie de tweets reflexionaba sobre la profesión de la economía académica y sus problemas para incluir a minorías. Describe tres características de la economía académica: clasista, jerárquica y cabrona, con una alta tolerancia a comportamientos poco respetuosos. Dani Rodrik confiesa que al principio de su carrera universitaria dudó entre especializarse en economía o sociología. Cuando los sociólogos analizan nuestro campo tienden a coincidir con la visión de Rodrik: según este estudio la economía es el campo que presenta el índice más elevado de persistencia en la jerarquía y de consenso sobre las normas colectivas. En parte se explica por esto nuestro particular proceso editorial (aquí y aquí).

En su libro Economics Rules (otro título con doble significado que podría traducirse como las reglas de la economía pero también como “la economía manda”) resume su visión de la ciencia económica y los economistas (lean tanto la reseña en NeG como el libro en sí). Me hizo redescubrir a Borges y suelo empezar mis clases recitando sus 20 mandamientos (10 para economistas y 10 para no economistas). Defiende que la economía es una forma particular de ciencia social y que justamente lo que hace que sea una ciencia son sus modelos y su enfoque cuantitativo. Pero advierte que la economía es más diversa de lo que a unos les gustaría y de lo que otros reconocen. Tengamos debates honestos: admitamos más diversidad en nuestro campo, nuestros colegas y nuestros modelos e ideas. Podríamos empezar por hablar más claro, como lo hace Dani Rodrik.

 

27 may 2020

La investigación en cuarentena: evidencias de una distorsión en la ciencia

 https://nadaesgratis.es/admin/la-investigacion-en-cuarentena-evidencias-de-una-distorsion-en-la-ciencia

Texto: Jordi Paniagua
Ilustración: Carlos Sánchez Aranda

La investigación tiene su propia curva de contagio y propagación. La producción científica relacionada con la COVID-19 ha crecido como pocas veces se había visto antes. Según Google Scholar, una herramienta de búsqueda de artículos académicos, en lo que va de año se han publicado más de 50,000 artículos relacionados con la COVID-19. Como se aprecia en la figura 1, Web of Science (WOS), el repositorio de los artículos con mayor calidad científica, alberga casi 12.000 artículos con revisión por pares. El crecimiento semanal medio de artículos es de un 21.7%. Esto significa que el número de artículos científicos sobre la pandemia se multiplica por dos cada 25 días aproximadamente.

Figura 1: Número de artículos semanales sobre la COVID-19 en WOS.

La COVID-19 ha despertado interés en muchas universidades y centros de investigación de multitud de países. Curiosamente, las universidades españolas siguen sin aparecer entre las primeras 200 instituciones académicas en publicaciones sobre la COVID, aunque ese es otro tema que ya se ha tratado con detalle muchas veces este blog y otros blogs (por ejemplo aquí y aquí).

Figura 2: Artículos sobre COVID-19 en WOS por países

Las áreas de investigación son principalmente medicina y tecnologías médicas, seguidas a cierta distancia por las ciencias sociales. Por sub-áreas, la epidemiología y las enfermedades infecciosas copan el 40% de los artículos. En cambio, en economía apenas llegamos a los 100 artículos. Por cada artículo publicado en economía se han publicado 25 en epidemiología.

Esto no significa que los economistas hayamos estado parados (la mayoría no necesitamos laboratorios). En lo que va de año se han depositado más de 1.000 artículos sobre la COVID en RePEc, y más de 2.000 en SSRN, dos repositorios de artículos y working papers en economía. El centro de investigación CEPR ha articulado el primer Journal económico en tiempo real: COVID Economics. Por consiguiente, la subrespresentación de la economía parece obedecer al muy particular y lento proceso editorial en economía del que se ha venido advertiendo aquí, aquí o aquí.

Figura 3: Artículos sobre COVID-19 en WOS por áreas de conocimiento.

Estos datos parecen sugerir que el coronavirus ha ensanchado una grieta abierta en el campo de la investigación económica. La profesión ha reaccionado con una mezcla de compromiso (personificado por Richard Baldwin con su labor de difusión en VoxEU.org; y en España por la serie de posts en Nada es Gratis), y condescendencia (como la mostrada por Greg Kaplan, editor del Journal of Political Economy, una de las cinco revistas mejor consideradas en economía). Argumentaba aquí el profesor de Chicago que aún es demasiado pronto para tomarse en serio cualquier investigación económica sobre la COVID y que la investigación en las top-5 no tenía que distraerse comentando temas de actualidad (seguramente una síntoma de la top-5-itis).

La sociedad y resto de la comunidad científica demandan y esperan que la ciencia económica esté a la altura del reto que se plantea. La economía tiene mucho que aportar en esta crisis tanto para entender como para paliar los efectos de la gran reclusión. Por ejemplo, mediante cuarentenas selectivas (aquí) e instrumentos novedosos de los bancos centrales (aquí). Debemos exigir rigor, pero también eficiencia en la ciencia, o acabaremos publicando papers tan exactos e inservibles como el mapa con escala 1:1 del cuento de Borges.  Es tristemente paradójico que los economistas defendemos la eficiencia de los mercados, excepto para la asignación editorial de nuestros propios artículos, como señalaba el profesor de Stanford John Cochrane aquí. Ahora que nos hemos reconvertido a epidemiólogos, sería un buen momento para percatarnos que la ciencia se puede construir sobre unos cimientos editoriales rigurosos a la vez que eficientes.

No obstante, los datos agregados ponen de relieve que gran parte de la comunidad científica está trabajando intensamente: investigando y publicando de una manera proporcional al reto que supone la pandemia global y sus consecuencias. Esto sin duda manifiesta la importancia de la ciencia y la educación en nuestra sociedad. Sin embargo, el coronavirus está agrietando las lentes de la ciencia por vías menos visibles.

Es cierto que el espectacular aumento de publicaciones científicas no está exento de problemas e impone varios retos a la comunidad científica. 4,000 papers semanales supera la capacidad humana de leer, asimilar u organizar información, recuerden: Reading a paper a day, keeps ignorance away! Según señala la revista Science aquí, el ingente volumen de publicaciones está causando dificultades de búsqueda e identificación de los avances relevantes. Varias organizaciones científicas están contrarrestando la marea de papers con motores de búsqueda con inteligencia artificial.

Paradójicamente, el coste de los cristales rotos está en lo que no se ve: en la ciencia que se ha dejado de hacer. El mayor coste para la ciencia serán los artículos que se quedarán en cuarentena y dejaremos de escribir. Los motivos más visibles son el cierre de laboratorios (con la subsiguiente queja de los científicos aquí) y el aislamiento de los científicos que dificulta el flujo de ideas, como nos recuerdan aquí. Existe, en cambio, otro motivo más oculto y preocupante: un crowding-out o desviación de recursos, tiempo y esfuerzo de otras áreas hacia la COVID-19 resultando en una distorsión en la producción científica.

Para arrojar un poco de luz sobre este último asunto he estado analizando datos bibliométricos en cuatro áreas con el objetivo de poder distinguir entre los distintos efectos. La investigación en malaria debería distraer a más científicos, por ser un campo epidemiológico cercano al COVID-19. No obstante, este campo se puede ver afectado tanto por el cierre de laboratorios como por el aislamiento. Para ello, observaremos por un lado el comportamiento de los artículos sobre el cáncer, que es un campo relativamente lejano al epidemiológico, pero con laboratorios. Por otro, el comercio internacional, que es el que conozco más, y que se aleja tanto en temática como en uso de laboratorios.

Los resultados que arrojan un análisis preliminar de los datos se muestran en la tabla. La primera columna contiene el volumen total de artículos hasta mayo del 2020 por área en los tres principales repositorios científicos: Google Scholar y WOS. Conviene señalar que la WOS es más estricta en sus criterios de inclusión y por tanto muestra un subconjunto de publicaciones de mayor calidad.

La segunda columna muestra el porcentaje de los artículos en los que se solapan las áreas de conocimiento con la COVID-19. Es decir, por ejemplo, los que tratan sobre pacientes de cáncer con COVID. La tercera columna muestra la variación de los artículos de cada área que no tratan de la COVID-19 con respecto al mismo periodo del año 2018.

Como puede observarse, todas las áreas han sufrido un descenso en su producción científica con respecto a un año normal. La caída en la investigación de comercio internacional es parecida a la del Cáncer en WOS, e incluso inferior en Google Scholar, por lo que el cierre de laboratorios no parece estar afectando, de momento, significativamente. Se observa, en cambio, un descenso en la investigación en malaria mayor que en otras áreas con las mismas dificultades por el aislamiento. Este análisis sugiere que no podemos descartar un efecto adverso de la COVID-19 en la composición de la investigación. Además, agravada por el hecho de que el descenso es mayor en los artículos de mayor calidad. Si los investigadores han permanecido investigando en sus campos de especialización, deberíamos observar una reducción parecida en la investigación de malaria y cáncer, y una diferencia con respecto al grupo de control (comercio internacional). No obstante, habría que interpretar estos datos con cierta cautela ya que podría haber otras causas que explicaran este descenso. Sin embargo, apuntan hacia una dirección con unas consecuencias preocupantes.

Para cuantificar los efectos de la atracción de científicos que ejerce el coronavirus pensemos que la malaria causó más de 405,000 muertes durante el 2018. En lo que va de año, las muertes por COVID-19 suman 300,000. La ratio de artículos a defunciones por malaria es de 1:2.6, en el caso de la COVID es de casi el doble. Si la tendencia se confirma y se mantiene, corremos el riesgo de que el virus de lo que no se ve sea tenga más coste que el virus que nos mantiene encerrados. Es importante detener la COVID, pero no a costa de detener la ciencia.

25 mar 2020

Globalización en cuarentena

https://nadaesgratis.es/admin/globalizacion-en-cuarentena

Texto: Jordi Paniagua

Ilustración: Carlos Sánchez Aranda

¿Debería restringirse masivamente el tránsito de mercancías, personas y capital? ¿Estamos dando el primer paso hacia el ocaso de una forma de globalización exagerada e insostenible? Estas son las preguntas que muchos economistas internacionales nos estamos haciendo ahora mismo, verbalizadas por el economista Joachim Voth aquí.

La respuesta no es fácil, hay un intenso debate en la profesión sobre el efecto del Coronavirus en el comercio y viceversa, así como el rol y el futuro de la globalización ante pandemias globales. Veamos lo que sabemos y, sobre todo, lo que nos falta por saber.

Leyendo a Tintín, muchos de nosotros aprendimos que la propagación de enfermedades contagiosas ha seguido las rutas comerciales. Entre viñetas, descubrimos que la cuarentena no es un cumpleaños y mucho menos una fiesta. Nos lo explicó el capitán Haddock: “Cuarentena significa mantenerse aislado durante cierto tiempo, para evitar el contagio”. Tintín encierra un mundo en sí mismo y Hergé nos llevó a vivir aventuras imposibles en lugares remotos y con multitud de personajes variopintos. Entre ellos yo destacaría hoy al doctor Simón, un médico del laboratorio de la policía, cuya incapacidad para descubrir el antídoto contra el letargo inducido por las bolas de cristal, la interpretan los tintinólogos como un signo de torpeza profesional (aquí y aquí).

Volviendo al tema que nos ocupa, los patrones espaciales y sectoriales de propagación de las enfermedades infecciosas son similares a los del comercio. Durante la primera gran epidemia que asoló Europa (1346-51), fueron precisamente los mercaderes los principales portadores y transmisores de la peste negra. La peste siguió las rutas comerciales de la época, como nos muestran los historiadores económicos (aquí y aquí) y nos confirma este reciente estudio que rastrea el ADN antiguo del comercio en pieles durante el siglo XIV.

El último brote de peste bubónica se introdujo España a bordo de un navío procedente de Argel atracado en el puerto de Valencia en el verano de 1647. Las autoridades tardaron en reaccionar e intentaron ocultar la naturaleza de las muertes que asolaban la ciudad. Las crónicas locales relatan que la peste había sumido la ciudad en el caos a finales del 1648 y se esparció por la península siguiendo las rutas comerciales del corredor mediterráneo (ver figura y link y link).

Casi un siglo más tarde, el Gran San Antonio, navío cargado con telas para una feria textil en Marsella, fue el origen del último episodio de peste en Europa en la primavera del 1720, cuando se le permitió desembarcar en contra del protocolo establecido entonces. Afortunadamente, las autoridades francesas habían aprendido la lección, el Consejo de Estado unificó todas las regulaciones locales y se levantó el Mur de la Peste, confinando a toda la población de la Provenza hasta que se erradicó la enfermedad, y con ella, un tercio de la población de Marsella. (link).

Sabemos que las relaciones e infraestructuras de transporte y comerciales son muy persistentes en el tiempo. Tanto que, utilizando los brotes de peste negra como instrumento de identificación, Flückiger y colaboradores aquí encuentran evidencias que sugieren que las rutas y relaciones comerciales del imperio romano persisten hasta nuestros días. Por tanto, es de esperar que el patrón de contagio entre países siga las vías comerciales. Por ejemplo, los primeros casos de Coronavirus en la provincia de Alicante y Barcelona fueron trabajadores y empresarios del calzado que acudieron a una feria en Milán (link y link).

Como hace siglos, algunos acusan al mensajero, se habla de “virus chino” y se refuerzan las posturas de aquellos que miran con recelo la migración, el comercio y la inversión extranjera. Existen pocas voces disonantes dentro de la profesión económica sobre las bondades de la integración económica. Por dos motivos: primero, disponemos de las teorías y modelos más sólidos en economía (ventaja comparativa y modelos de gravedad) avalados por una amplia evidencia empírica, y segundo, para no dar pábulo a aquellos que propugnan una vuelta a las cavernas. Incluso ahora, el debate acerca del rol de la globalización se encuentra en cuarentena, en parte, para evitar que los más heterodoxos aprovechen el estado de alarma para imponer una agenda sin el rigor científico necesarios (p.e. proteccionistas, libertarios y econópatas varios). No obstante, la mayoría de economistas (al menos los de modelos y regresiones) siempre hemos sido conscientes que la globalización viene acompañada de ciertos costes y fallos. Los más críticos de entre nosotros argumentaban que rara vez se llega a compensar a los “perdedores”, o al menos no lo suficiente.

Nota para economistas académicos: es plausible que estas razones expliquen por qué la economía internacional aplicada es menos diversa en modelos y métodos que otros campos de la economía. Primero, porque funcionan bien. Segundo, porque no nos aventuramos hacia territorios desconocidos. Fin de la nota.

Algunos economistas, como Dani Rodrik, ya han respondido sugiriendo una globalización más “delgada” (aquí). No debería sorprender a nadie que haya seguido sus argumentos críticos con el devenir de la globalización (resumidos en su último libro “Staright talk on trade”). Su argumento central es que la globalización ha ido demasiado lejos y de manera incontrolada, poniendo en riesgo el bienestar económico y social. Parece relevante, por ejemplo, recuperar el debate acerca del papel de los organismos supranacionales (como la OMS), multilaterales (como la OMC) y los estados. Aunque el pasaje que me resulta más interesante es su reflexión sobre que la democracia sin respeto a la ley es la tiranía de la mayoría, però això avui no toca.

El presidente de la cámara de comercio de la EU en China ha sido más tajante: "Se ha acabado la globalización consistente en localizar todo donde la producción sea más eficiente" (link). Se refería el Sr. Wuttke a la concentración geográfica de la producción de ciertos medicamentos, que podría poner en riesgo el suministro mundial. El último laboratorio que producía penicilina en EEUU cerró en 2004, quejándose de que no podía competir con las subvenciones del gobierno chino a sus laboratorios. Hoy, el suministro de antibióticos puede estar en jaque dado que la mayor parte de la producción proviene de un clúster en la China interior, azotada por Coronavirus.

La seguridad en el suministro de alimentos también encuentra críticas y preocupaciones similares. Países como Singapur, que importan la mayor parte de los productos alimentarios, han virado su estrategia comercial, incentivando la producción agrícola y el consumo local (aquí).

Otros, sin embargo, subrayan que precisamente son las barreras al comercio las que pueden agravar la crisis médica (aquí y aquí). La extravagante política arancelaria de la administración Trump gravando productos sanitarios chinos, no ha hecho más que agravar la crisis de suministro de material sanitario. El 10 de marzo la administración americana dejó sin efecto estos aranceles para hacer frente a la pandemia. En España hemos visto recientemente como las barreras no arancelarias (burocracia) han impedido la importación exprés de mascarillas de China.

Sanidad y globalización han ido siempre de la mano, como pone de manifiesto el ejemplo del jabón, que se inventó hace 5.000 años en Egipto. Pero fue gracias a la revolución industrial y al comercio internacional que se pudo producir y distribuir en masa, permitiendo la erradicación de muchas enfermedades y partos más seguros. Hoy, muchos de los servicios sanitarios los disfrutamos, en parte, gracias al comercio de medicamentos y tecnología sanitaria. Pero también gracias a la inmigración de profesionales sanitarios.

En términos más generales, la participación en redes comerciales o cadenas de valor ha permitido un desarrollo económico y la creación (y en menor medida también destrucción) de miles de puestos de trabajo en muchos países, incluyendo España. Es difícil aventurar cuál será el impacto, pero muchos de estos puestos de trabajo están en peligro (sin que por eso reviertan a sus países de origen). Baldwin y Tomiura interpretan aquí que el Coronavirus podría tener un efecto aún mayor que la crisis financiera en el comercio, por tres motivos: 1) afecta a la factoría del mundo, 2) se contagia a las cadenas de valor, 3) e impacta en la demanda. Además, la paralización de eslabones clave en la cadena de valor globales, puede llevar a ralentizar o frenar la producción.

Por tanto, ¿debería restringirse masivamente el flujo de bienes, personas y capital? Aumentar las barreras a la movilidad personal puede resultar necesario para paliar las pandemias a corto plazo. Sin embargo, tendría un coste demasiado elevado a largo plazo, incluso para combatir pandemias futuras. Una alternativa más eficiente sería, por ejemplo, intensificar el uso de tecnología que minimice aquellas actividades comerciales que impliquen un contacto directo personal. Hay evidencias que muestran como las impresoras 3-D o la robotización están ya modificando la composición del comercio internacional (aquí y aquí).

¿Estamos ante el ocaso de la globalización? Como probablemente suceda con muchos de nuestros hábitos y relaciones, no es descabellado pensar que la peor versión del coronavirus cambie la manera de entender, gestionar y estudiar la globalización y sus efectos. En definitiva, la globalización refleja cómo se organiza la actividad económica internacional, sujeta a las normas existentes. Si las interacciones sociales y económicas cambian, es inevitable que veamos mutar la globalización y que se tengan que adaptar normas a esta nueva realidad. Puede representar una oportunidad para reforzar la versión de la globalización que nos proporciona bienestar y salud, pero también para abordar cuestiones que habíamos soslayado hasta ahora. Yo aún diría más, soslayos que habíamos cuestionado hasta ahora.